¿Cuántas veces nos ha ocurrido esto? Conocemos profesionales que nos dan, en principio, una impresión agradable, prometedora, óptima y éste sufre una metamorfosis, estilo Gregorio Samsa en la novela de Franz Kafka, a partir del momento en el que recibe un encargo de responsabilidad y mando en una organización. Si quieres conocer a Manolito, dale […]
Un baúl repleto de motivos me acompaña para el resto de mis años. Un baúl que desde aquella tarde de finales de agosto, no se ha separado de mi vida, ni la de mi esposa.
Verano de 2008, sentados en una esquina del salón de baile, sin saber muy bien lo que iba a aparecer frente a nuestros ojos y en especial frente a nuestros oídos. Los dos permanecíamos interesados en las explicaciones que el maestro de baile transmitía con generosa expresividad al grupo que, atentamente, escuchaba, veía y en algún caso masticaba cada instrucción.
La música comenzó a sonar desde los altavoces del salón; un timbal redoblaba y marcaba el tempo, los metales estruendosos, empezaron sus notas con fuerza.
Al cabo de un tiempo supe que Masacre era la pieza que sonaba en los altavoces de aquel salón que desbordaba ilusión y emoción a partes iguales, entre las parejas que se movían con más o menos gracejo al compás de aquel sonido extraño para mí hasta entonces.
Anita es la persona que nos animó a acudir a nuestro primer contacto con el danzón bailado. Se encargaba de darnos explicaciones sobre lo que estábamos observando con suma atención, el porqué, el cómo, el hasta dónde. Con su verbo supo transmitir algo más profundo que el mero relato de unos compases, de un ritmo, de unos movimientos cadenciosos.
A veces pienso que detrás de la hermosa sonrisa de Anita, estaba el alma del propio maestro Miguel Faílde.
Caímos los dos en las redes, la sonrisa, la melodía, los movimientos, el alma…
El teorema de Pitágoras
A los tres meses de prácticas con el grupo de principiantes, yo pensaba que no sería capaz de trazar un cuadro ni en la mesa de un arquitecto. Me sentía torpe y especialmente miedoso en aplastar los frágiles pies de mi esposa con mi tosco zapatón.
¡No mires al suelo!
Retronaba en mis oídos, mientras más de una gota de sudor resbalaba en mi frente…
¡Márcame bien, que no te siento!
A cuántos como a mí, les han apedreado con cada una de estas frases.
¡No tanguees!
Uno acaba por comprender que si no eres capaz de bajar a lo más profundo de tu humildad, será muy difícil hacer las cosas con cierto nivel.
Aprendí a olvidarme de todos los demás ritmos que supuestamente sabía bailar, al menos eso pensaba.
Decidí que sería mejor conocer cómo elevar al cuadrado una cifra, antes de calcular el área de un triángulo.
El danzón fue entrando en nuestro conocimiento desde lo más básico: un paso al frente, otro en diagonal, el siguiente… uno, …dos, tres, cuatro, … había que paladear cada matiz del movimiento, que todo se asentara bien, que el cimiento fuera sólido y después construir.
Aprender a multiplicar, para entender el teorema de Pitágoras.
Aprender a pisar y después… todo llega y llega para hacernos sonreir de satisfacción.
El Cargenie Hall
Enfrentarnos a la rutina de Salvaje, fue todo un reto, doce parejas de principiantes, que aprendieron a leer sílaba por sílaba, vocalizando cada fonema de texto a interpretar como rapsodas. Así fue nuestra interpretación del danzón de Abelardito Valdés. Esa noche en la presentación estelar en la cena baile, se mostraba al mundo todo el esfuerzo, todas las horas de repetición, todos los pisotones furtivos, todos los ¡no mires al suelo!
El éxito fue las caras de satisfacción de todos los integrantes de aquel pipiolo grupo de danzantes, gritábamos aliviados por no haber cometido ni un solo error en la ejecución de aquellas complicadas, para nuestro conocimiento, figuras que debíamos desarrollar en un escenario frente a cientos de miradas.
Estoy seguro de que aquella noche lo hubiéramos interpetado de la misma hermosa manera en el escenario del Carnegie Hall.
Eso se lo debemos a los fundamentos que durante meses fuimos atesorando en cada uno de nosotros y a la paciencia infinita de nuestros maestros…
Honor a quien honor merece
Sin duda, nosotros tuvimos la suerte de tener unos maestros que entregaron su conocimiento generoso en hacernos cada día mejores danzoneros, en contar con su sabiduría a pie de baldosa, con su paciencia inagotable en cada torpeza…
Ellos se mantuvieron firmes en transmitirnos los fundamentos del danzón antes de sacarnos al ruedo, de las miradas inquisidoras y algunas sonrisas maliciosas. Nos hicieron ver, con su cariño, la importancia de la aritmética antes de la trigonometría, de la ortografía, antes del discurso, del cuadro fijo al frente, antes del floreo.
Han pasado los años, ya unos cuantos, pero nuestro cariño y nuestro agradecimiento a quienes nos enseñaron, no ha variado.
Sin ellos, sin muchos como ellos, nada sería igual.
Coaching para herederos en puestos de responsabilidad de las empresas.
El Diccionario de la real Academia Española de la Lengua, en su segunda acepción, define la palabra Delfín;“Del fr. dauphin.
1. m. Primogénito del rey de Francia.
2. m. y f. Sucesor, designado o probable, de una personalidad importante, especialmente de un político”.
Yo incorporaría como tercera acepción, a todos aquellos herederos a puestos de importancia en la gestión y desarrollo de las empresas. Sin embargo, mi relación con la RAE en estos últimos años ha tenido ciertos vehementes desacuerdos, y tengo fundadas dudas de que se dignaran a ni siquiera abrir el sobre en dónde remitiera mi amable sugerencia, prometo que limpia de ninguna grosería, ni palabra soez…
Hace un tiempo, fui invitado a un encuentro con el director ejecutivo y socio de una empresa mexicana, perteneciente a un holding, del que, por obvias razones, omitiré mencionar. Alberto, así llamaré a mi interlocutor, me explicaba la preocupación del presidente del holding, debo comentar antes, que este grupo empresarial, lo componen cinco entidades en las que, en cada una hay dos socios mayoritarios, siendo uno de ellos el presidente del holding y el otro es uno diferente en cada una de las otras cuatro empresas.
Como decía, me contaba la preocupación del presidente en el relevo generacional de cada una de las sociedades, ya que las edades de los socios, en ningún caso baja de los setenta años y los hijos de estos, los cuales son susceptibles de tomar las riendas de cada una de las entidades, habían alcanzado, en todos los casos, la treintena de edad.
—El jefe está preocupado porque teme que entre los juniors(1) haya rivalidades y no remen todos en la misma dirección— me dijo imitando la voz el presidente.
Entendí por dónde iban los tiros y solicité en primer lugar que tuviéramos una reunión de grupo para que pudiera; conocerlos a ellos y además ver de qué forma interactuaban.
Los jardines de Versalles
La experiencia de todos los delfines en nuestros particulares jardines de Versalles fue realmente armónica, como si de verdad hubiéramos transitado entre setos, fuentes y estanques. Los ocho integrantes, he de decir que, a mi petición, nadie de la cúpula del holding fue invitado, sin embargo, se aprovechó el evento para que tres técnicos en finanzas, derecho e impuestos dieran unas charlas enfocadas a las características de la audiencia, que, sin duda, enriquecieron las dos jornadas utilizadas. En el momento de mi intervención, la última, había tenido tiempo de observar las diferentes personalidades de cada uno de los delfines, al menos, en esas circunstancias extraordinarias, que iban a aportarme información que posteriormente se constataría.
El trabajo en equipo y el liderazgo, fueron los motivos que nos ocupamos. Utilizamos la dinámica conocida como “El Mensaje de bienvenida”. Estoy seguro de que la mayor parte de los que están leyendo estas líneas conocen este ejercicio, en todo caso y para no ocupar más espacio en este artículo, invito a quienes no lo conocen, investiguen en la red. Considero que es una tarea, que especialmente, entre elementos de rangos equivalentes aporta al coach/mentor, mucha información; de quiénes toman el liderazgo, si lo hacen o no con eficacia e inteligencia, quiénes trabajan bien en equipo o no, etc…
Al acabar el ejercicio y después de un breve descanso tuvimos un diálogo en el que cada uno de ellos exponía qué significaba para su persona el liderazgo de equipos y sobre el cual, todos podían leer en un pizarrón una serie de técnicas de liderazgo: mostrar empatía, permanecer en silencio y escuchar activamente, concretar enfocar, nombrar al elefante del salón, parafrasear, preguntas poderosas / curiosidad, utilizar el lenguaje apreciativo, retroalimentación constructiva, generar alternativas, crear responsabilidad y compromiso, construir planes de acción.
Luis de Francia, el pequeño delfín.
Si bien en cada una de las sesiones que se tuvo con los ocho coachees, se obtuvieron datos que aportarían a este artículo información de interés, por lógica de espacios y a fin de evitar el bostezo en los lectores, me centraré en tres de ellos, el trío de delfines más significativo y que, en mi poco científica intuición, preveo más talento en un corto plazo.
Desde el inicio habíamos pactado ocho sesiones de noventa minutos (aproximadamente, la propia sesión dictaminaba el tiempo que se necesitaba, podía ser tanto ochenta, como cien minutos si se requería). La estructura del proceso, en todos los casos, se construyó a través del Modelo GROW, consideré que este modelo iba a funcionar óptimamente en todos los coachees, por su sencillez y a la vez claridad, cosa que así fue.
En los tres casos que nos ocupan y en la primera sesión, les hice la misma pregunta:
—¿Por qué crees que estamos aquí?
Los tres, por cierto, dos hombres y una mujer; 32, 36 y 39 años, después de una breve reflexión e ir relajando el cuerpo desde una posición defensiva, cada uno a su manera afirmaron que era un acompañamiento de alguien externo para superar obstáculos.
—¿Qué obstáculos crees que son tan importantes como para contratar a alguien para este acompañamiento?
Me sorprendió la conclusión a la que llegamos en los tres casos y quise incorporar un aspecto que no consideraba, en el ya sui generis diseño de la rueda de la vida, para trabajarlo al final de la misma. Esa coincidencia en estos tres delfines era su relación con sus respectivos padres.
El Pequeño Delfín tiene dificultades con el Gran Delfín.
Las herramientas del camino
Tanto la sui generis rueda de la vida, como ya había descrito, con la incorporación de ese último concepto: “Mi relación con mi padre”, como la Ventana de JoHari fueron los skills que ayudaron en estas sesiones y prepararon el camino para reflexionar sobre el obstáculo del Gran Delfín.
Es curioso como fue ir descubriendo el camino en el que fuimos avanzando de autoconocimiento. He de significar que, en todos los casos, la posibilidad de expresarse con alguien que escucha activamente fue una experiencia liberadora y enriquecedora y muy significativamente en estos tres delfines.
—He crecido en un ambiente familiar extremadamente conservador, yo estaba destinada a educarme para ser una esposa modelo— me confesaba la delfina del trío —pero supe rebelarme y quiero mi espacio, quiero tomar decisiones, quiero ser dueña de mis decisiones— concluyó con una amplia sonrisa en el rostro y mi expresión de admiración frente a ella.
En pleno siglo XXI, siguen existiendo esas creencias tan limitantes para muchas mujeres en familias de alto sentimiento tradicionalista.
Los hombres y en ambos casos, el sentimiento era más “testosterónico” (permítaseme el palabro) de rivalidad masculina y en ambos casos sustentado por la sensación de que no se les valoraba por el trabajo que desempeñaban y que el trato paternalista actuaba como alfombra que precedía a cualquier diálogo profesional.
—Todo el personal de la empresa se refiere a mí como “El Júnior”— coincidieron en ambos casos —es frustrante— sentenciaron.
El viaje del Delfín
En las últimas sesiones y diseñando los planes de acción que acompañarían a cada uno para la consecución de sus respectivos objetivos, apareció la posibilidad de un cambio temporal de empresa. Como el jugador joven de fútbol que su equipo lo cede a otro para que vaya adquiriendo experiencia, lejos de esos obstáculos que habíamos detectado, en especial el del propi Gran Delfín y regresar a su club originario con una mochila lo suficientemente experimentada, rebosante de conocimientos y seguridades para afrontar el reto, ahora sí, de ser el verdadero Delfín.
La propia condición del holding permitía esa posibilidad y conversando con el presidente, el verdadero Luis XV, y con los Grandes Delfines, se les propuso de, al menos, estudiar la opción de diseñar los trueques durante unos periodos limitados, no menos de seis meses, con la adición de un cambio de residencia a otra ciudad para cada uno de ellos, ya que cada empresa, radica en estados diferentes de la república mexicana.
Acompañando a los delfines
El proceso fue sumamente enriquecedor para todos, para mí como coach/mentor fue un reto trabajar con personas que dentro de las empresas ocupan puestos y realidades de una particularidad exclusiva. En estos tres casos y al acabar el último quesito de la rueda de la vida, se produjo en ellos algunos insights que han ayudado mucho en su nuevo recorrido; el diálogo con sus padres, evitando las tentaciones de vehemencia, utilizando argumentos bien estructurados y aceptando tener en cuenta la visión de ellos como parte del aprendizaje.
Acabando el próximo verano, tendremos una nueva visita a los jardines de Versalles y el feedback, estoy seguro de que será muy enriquecedor para todos.
No quisiera terminar este artículo, no muy convencional y me disculpo por ello, sin provocar algunas reflexiones que pueden ayudar en casos no tan particulares como estos en las empresas.
Al reconocer un prospecto de delfín en una empresa, ¿Sería interesante preparar un proceso de acompañamiento?
De ser posible, un cambio temporal de empresa o de departamento o de zona de confort ¿Puede despejarnos dudas sobre la idoneidad de un delfín?
¿Es labor de los altos directivos o de los directores de RRHH o de ambos, detectar los delfines y preparar sus planes de acción?
No dudo que tú, venerado lector, tienes mejores respuestas que yo.
(1) Juniors: En México se los conoce como «Juniors», los hijos de la élite del país, jóvenes cuyo amor por las marcas es superado sólo por su consentimiento y sentido de autoridad.
Dilts, R. (2004). Coaching: herramientas para el cambio. Madrid: Urano.
Ramírez, G. (2015). Claves del coaching: Herramientas que te ayudaran a sacar lo
mejor de ti. Carolina del Sur: CreateSpace Independent Publishing Platform.
AUTOR: Ángel Descalzo Fontbona, Financiero, Coach y Mentor Practitioner por EMCC, miembro del equipo de Desarrollo Continuo de EMCC Spain y fundador de Invia Mentoring Business & Personal Coaching.
El sonido de la media se deslizaba con lentitud por toda la habitación, con la pausa que permite saborear ese instante de íntimo sosiego. La seda abrazaba el muslo, aún firme, a pesar del tiempo que inexorable, va surcando la piel sin el menor remordimiento, trazando los dibujos que el calendario dicta, delineando el transcurso de la vida, proyectando sobre el lienzo que nuestro cuerpo alberga, cada episodio del camino transcurrido.
—Cuánto tiempo sin usarlas, tengo miedo de que la falta de práctica termine arruinando este par que guardaba desde…— Paloma esbozaba una sonrisa que se reflejaba en el gran espejo que forraba cada puerta del viejo armario de caoba. Recordando…
Su mirada alcanzó el portarretratos que mostraba la vieja fotografía de bodas.
—¿Te acuerdas?— exclamó con un suspiro, dirigiéndose a la imagen con su esposo a la salida de la iglesia— El miedo a lo desconocido cuando caminábamos hacia las escaleras de salida del templo y el arroz precipitándose sobre nosotros, no me impidió escuchar una notas a lo lejos. ¿Te acuerdas?
¿Qué te vas a acordar tú?
Sonaba el danzón Salvaje. ¡Exacto! ése que bailamos años más tarde en nuestra primera presentación. Te equivocabas tantas veces… y yo me molestaba contigo y tú ponías cara de circunspecto y apretabas mi mano con ganas de lastimarme, pero sin hacerlo. Y yo te dejaba de hablar durante unas horas.
¡Ay esos remates de la primera y segunda melodía!
Eso te irritaba tanto— dijo riendo a carcajadas.
—Como el año que bailamos El mago de las teclas y te hacías un lío y perdías el paso al final del solo de piano, en el montuno. No había forma de que te acordaras. Y claro, en el escenario te volviste a equivocar y a mí me dio el ataque de risa cuando soltaste la grosería de costumbre…— Paloma acabó de acomodarse las medias y se detuvo ante el vestido que se iba a poner.
—¿Y este vestido? Seguro que olvidaste cuando fuimos a comprarlo para el baile de gala en Veracruz, no ha pasado tanto tiempo… aunque parezca un siglo. Qué feliz me sentía bailando Habana Veracruz, hasta que el saxofonista que tenía que interpretar el solo de ocho compases, lo hizo de dieciséis y todo el grupo se perdió; unos se detuvieron mirando hacia la orquesta, otros se fueron corriendo en medio de un caos sin precedentes y tú me miraste sonriendo, me dijiste; esta vez no es mi culpa, mientras me guiñabas un ojo y sonreías con picardía, continuamos bailando en mitad del escenario como dos novios en el vals de su boda; emocionados, felices, sin importarnos todo el desorden que se había generado alrededor.
Nos aplaudieron con fuerza y yo me sentí afortunada de ser tu compañera de vida y de baile—.
Paloma se vistió con calma, sintiendo cada roce de la tela, la evocación de tantos recuerdos repartidos en los hilos de aquel vestuario, la remembranza de unos momentos que se fueron como el agua entre los dedos. De nuevo su mirada se fue a la fotografía y negó con la cabeza asomando una dulce sonrisa en sus labios. Se acercó hacia el mueble zapatero y escogió las zapatillas que se pondría esa tarde. Mirándolas con ternura se sentó en la cama de nuevo.
—De éstas sí que no te acuerdas, las estrené cuando nos invitaron al “challenge” que organizaron en Puebla. Aprenderse toda una coreografía para el danzón Juan va p’a la guerra en cuatro horas. Ese sí que fue todo un reto, tú pensabas que no serías capaz y quisite huir a los quince minutos del ensayo. Recuerdo las caras de todos los que participábamos, la ilusión de unos niños que estaban delante de un desafío, con el convencimiento de superarlo… menos tú, claro, con tu cara de jugo de toronja y un vámonos, qué hacemos en medio de todo esto.— Paloma lanzó una carcajada al aire
—Y con todos los errores en cada una de las veces que lo ensayamos y con el temblor de una hoja al viento de mis manos cuando nos dirigíamos a la pista de baile para la presentación. No sé por qué extraña circunstancia, tú estabas tranquilo, como sedado y juro que no te vi tomar ningún caballito de tequila antes de eso. Sonaron fuertes las trompetas en el estribillo y me llevaste en cada paso, en cada figura, en cada desplazamiento de la coreografía, como si tú mismo la hubieras creado. Ni un error, todo con sutileza, era inimagibable cuando te querías ir corriendo del ensayo y a la hora de la verdad, tú y yo, el danzón y las miradas y los aplausos al final—.
Paloma deslizó las zapatillas de baile en la bolsa de tela rosada y abrió el cajón donde guardaba todos los abanicos que poseía, todos los que había utilizado, bien ordenados, los más antiguos al fondo desde la derecha a la izquierda, algunos rotos por el paso del tiempo y el inevitable aleteo que gasta las piezas. Los más nuevos, adelante en sus fundas que embellecen y protegen.
—Cada viaje a España me comprabas uno o dos, casi siempre en las tiendas del casco histórico de las ciudades que visitábamos. Yo me sentía muy importante cuando les presumía a mis amigas del nuevo abanico que habíamos adquirido en Madrid o en Sevilla o en Tarragona. Siempre había alguna que se molestaba y sentía que entornaba los ojos cuando les mostraba. Mira, ahí está el abanico roto que pateaste cuando se me cayó en la presentación cuando bailamos De canela y huevo, se me escapó en mitad del montuno, cuando íbamos a formar el círculo con todos los compañeros de baile. Sonaban los instrumentos de viento: pa pa paaa, pa pa paaa… y ¡ay! que se me cae el abanico ¿y tú? que le das una patada y lo mandas al patio de butacas sobre la cabeza de aquella señora que se acordó de nuestras familias. Todos reímos cuando nos acordábamos de eso—.
Paloma escogió el abanico que se llevaría esa tarde, lo depositó dentro del bolso y salió de casa. No pudo evitar mirar hacia adentro, dejando escapar un leve suspiro antes de cerrar la puerta. Al atravesar el marco del portal de la calle, observó hacia un lado y hacia el otro y se introdujo en la parte trasera del taxi que le estaba esperando. El chofer cerró la puerta y arrancó el vehículo en dirección del Salón Los Ángeles.
—Te fuiste en el remate y ahora la orquesta danzonera de la vida me regala el segundo montuno, aunque tú ya no estás para llevarme entre tus brazos, para regalarme tus errores, para arrancarme una carcajada con tus reacciones de niño travieso. Sin embargo, voy a cumplir lo que me hiciste prometer. Seguiré bailando mientras pueda, seguiré respirando profundamente cada latido de mi vida. Y sonreiré con tu recuerdo en cada paso de danzón que mis pies me regalen—
El taxi se detuvo delante de la puerta del salón, Paloma descendió con elegancia y traspasó el acceso entre sonrisas, bienvenidas y cariños de los danzoneros que la esperaban.
En homenaje a los cónyuges, padres, amigos, compañeros, que se nos llevó la pandemia y que ya no podrán llenar los espacios de nuestros danzones. A quienes les sobrevivieron y que descienden con elegancia del vehículo que les lleva a atravesar cada compás de cada danzón que interpretan en la pista. A todo el mundo danzonero. A la vida.
Un once, un ocho, una pausa; cuánto unen y cuánto separan…
Hace unos años, cuando apenas era un principiante intentando combinar pasos atinados para dibujar un sencillo cuadro, escuché la voz de un erudito en la materia afirmando varias sentencias en torno a lo que se debe y lo que no se debe hacer, cuando una pareja se desliza por la pista de baile… dada mi candidez en la materia, digamos que bastante lógica derivada de la poca experiencia, provocó que tomara esos incuestionables axiomas y los escribiera con letra mayúscula y en pan de oro, en el encabezamiento de mis dogmas de fe danzoneros.
Durante un buen periodo de mi tránsito en este mundo de cuadros, paseos y columpios, defendí con mentalidad de talibán lo que aquel erudito dictaminó.
“No se entra hasta el séptimo compás del estribillo”
El paso del tiempo, la experiencia, la oportunidad de conocer a muchos y distintos bailadores en su forma de interpretar el baile ha hecho que mi visión, intransigente en su origen, se fuera dulcificando paulatinamente.
“No se hacen paseos en la segunda melodía”
Hoy en día, soy, por concepto y por decisión, una persona y eso incluye mi visión en este género musical bailable, ecléctica convencida.
“En el montuno no se hacen pasos que evocan otros bailes; nada de tanguear, o salsear…”
Hace poco, escuché a ese erudito criticar las aportaciones que mucha gente joven que está creciendo en el danzón proporcionan a la forma de interpretarlo. Dudé en responderle e iniciar un debate que, posiblemente, no nos hubiese conducido a ningún buen puerto. Sin embargo, no pude evitar la necesidad de escribir en un cuaderno estas preguntas:
¿Me gusten o no, debo ser permisivo con las nuevas y diferentes maneras de ejecutar el danzón?
¿Ser ortodoxo convierte el género en hermético y eso deriva en el deterioro?
¿Ser permisivo lleva a la pérdida de la esencia?
No hace falta que dé mi respuesta, pero seguramente tú, querido lector, tienes las tuyas.
Soy hijo del temor en blanco y negro, del no hables alto que nos pueden oír a través de unas paredes que encierran los secretos, que ni tu mano derecha conoce.
Soy hermano de la caja de cartón, llena de los recuerdos a los que no les di el tiempo de permanecer en la memoria, el tiempo de borrarse de una fotografía doblada, el tiempo de una carta sin destino, ni sello, ni buzón en dónde descansar.
Soy padre del mapa de tu mejilla sonrojada al escuchar el nombre que no quisiste conservar en tu tarjeta de visita, que dejaste olvidado en la estantería de una biblioteca de provincias.
Soy esposo del dolor de una caja de zapatos vacía, de la decepción del pastel quemado en un horno que ya apuró el tronco de leña prestado.
Soy amigo de una lejana sepultura, del túmulo que escondía el final del sendero que nunca quisiste caminar conmigo, el último trago que se dormía al final del vaso, el mendrugo de pan húmedo por las lágrimas inevitables.
Pesan las piernas a cada paso que asciende una cuesta dictada en un fallo sin recurso, en una sentencia redactada por el tribunal de tus labios encarnados.
Y al sentarme en la roca que acaricia el viento que sopla desde tu pecho, miro el último refugio y respiro al saber que tu mano guiará el siguiente pasaje.
Nos han mandado en la escuela, que cada uno escoja el objeto del examen de fin de curso. Lo cierto es que en parte me parece una ventaja, pero por otra me causa cierto temor poder crear lazos con lo que me llevará al título soñado, una mala elección podría condicionar el resto de mi carrera.
Ni te digo si escojo lo ya conocido, lo que desde hace tiempo es parte de mi entorno.
Nunca imaginé que fuera tan difícil decidir la tripa de mi examen profesional. Sabía que en la escuela especializada “Jack the Ripper” no te regalan nada.
Desde que tengo uso de razón, frase a veces tan poco real, mejor diré desde muy niño, la radio ha sido parte importante en mi vida.
Las tardes de sonido a transistor, a máquina Singer y a los comentarios de mi madre que casi nunca estaba de acuerdo con los consejos que se daban en el consultorio de Doña Elena Francis, construyeron una relación entre la radio y yo que dura hasta estas fechas y la que no creo que nunca se llegue a romper.
Echando una mirada hacia atrás vienen a mi mente muchas noches de insomnio resuelto por el sonido de los programas hablados para que, como fórmula milagrosa, me abandonara en los necesitados brazos de Morfeo.
Ahora, en estos tiempos de confinamiento, me acompaña entre otros momentos en mis paseos matinales alrededor del jardín, que por fortuna, puedo disfrutar frente a mi casa.
Esta mañana, entre otras cosas, entrevistaban a un joven que, en la madrileña tarde de ayer y viendo que se había formado una manifestación en una calle del burgués y tradicionalista barrio de Salamanca, al grito de entre otras proclamas en contra del actual gobierno español, la hermosa y mil veces mancillada palabra libertad. El joven en cuestión, al amparo de que ayer domingo fue el día internacional contra la homofobia, se sintió protegido por la, de nuevo, hermosa y mil veces mancillada palabra libertad, se enfundó su bandera arcoíris en la espalda y salió a la calle a sentirse arropado por sus vecinos.
Con voz triste, el joven explicaba en las ondas que nada más pisar la calle desde el portal de su casa, las miradas de muchos transeúntes se enfocaron hacia su silueta, envuelta en la bandera que mejor lo representa como ciudadano del mundo. De manera instantánea las miradas atónitas de los que gritaban el deseo de liberación, cambiaron el registro de sus palabras, para escupir varios improperios directamente encaminados hacia la sugerida opción sexual del joven y posteriormente la invitación a que abandonara ipso facto el espacio que estaba queriendo compartir con la tan noble e ilustre marcha.
El joven en un acto de orgullo, que en este caso fue gay, pero pudo haber sido hétero, bi o cualquier opción, siempre con la valentía suficiente o el amor propio necesario, tomó la decisión de permanecer en mitad de la calle, comenzando a ejecutar una danza entre ridícula y macabra que consiguió enfurecer más aún a la noble cofradía burguesa que transitaba por las calles del encopetado barrio de Salamanca al grito, insisto, de la hermosa y mil veces mancillada palabra libertad.
Para los covipetulantes, la libertad acaba en donde finaliza su idea de bienestar, su estatus de confort, de abundancia, de holgura, de pensamiento estrecho. Son seres que, en su mayor parte, piensan que las normas están redactadas para que las cumplan los demás, que cualquier variedad que pueda perturbar sus encajonadas y acomodadas vidas, no es aceptable, ni por supuesto, tolerado y por lo tanto debe desaparecer, al menos, de su entorno.
Cuando acabe esta pandemia, los covipetulantes aunque pierdan el prefijo, eso será la mejor noticia para todos, seguirán escupiendo sobre la diferencia y manchando en cada sílaba la hermosa y mil una veces palabra libertad.
Mi desprecio por ellos será eterno, así como mi amor y gratitud a la radio, mi libertad.
Ángel Descalzo Fontbona, mayo 2020 (año del confinamiento)
Hoy a la hora del ya institucionalizado vermut, que a diario he venido respetando desde mi primer día de confinamiento, a nadie le puede perjudicar en exceso una cerveza fría y unas patatas fritas para poder asimilar las noticias del telediario de la noche en mi añorada tierra, me puse a reflexionar sobre el alarmante aumento de la estupidez humana en tiempos de pandemia.
Al tercer trago de mi espumosa aliada de las dos de la tarde, el periodista anunciaba con sobriedad, que la policía madrileña había intervenido en cuatrocientas fiestas en domicilios y multó a noventa y siete grupos por organizar botellones en calles, plazas y rincones de la capital española. Lo cierto, es que no entendí muy bien lo que significaba multar a noventa y siete grupos, significaría que ¿la totalidad de los integrantes de cada uno de ese casi centenar de reuniones callejeras debía pagar una multa? O acaso ¿la sanción la pagaba una figura legal algo difuminada como una asociación botellonera (noventa y siete en este caso) y se presentaría en día de actos un representante legal de la misma? Lo cierto que nadie ha sabido aclararme este punto que me tuvo pensativo media cerveza y varias patatas fritas.
Lo otro, las fiestas domiciliarias, entiendo que el propietario del inmueble es el destinatario de la punición pecuniaria.
Recordé por automatismo las palabras que más de una vez oí pronunciar a mi maestro de música en relación con lo insospechado que se comporta el cerebro humano en situaciones de estrés colectivo y siempre complementaba su reflexión, con alguna de las amargas anécdotas que vivió en su infancia, cuando los bombardeos de los aviones alemanes entregaban con generosidad el dolor, el pánico y la desesperación entre sus vecinos camino de los refugios subterráneos.
Ni te imaginas de lo que somos capaces de hacer en esas circunstancias, cuando el horror brota en los rostros, pero los corazones se desbordan de generosidad hacia quienes te rodean.
No quiero imaginar la cara de decepción que esbozaría mi maestro si estuviera aún aquí y conociera estas noticias de ayer en Madrid.
Claro que, en el transcurso del noticiero, descubres las palabras, sin sonrojarse, de la presidente de esa misma comunidad autonómica, explicando que la letra d de Covid-19 significa diciembre. Al final tenemos lo que merecemos en casi todas las ocasiones.
Estamos y tenemos, y eso no es desde el inicio de la pandemia, si no desde hace bastantes años, la sociedad que, por dejadez, por displicencia diría el maestro, hemos dejado crecer como un monstruo que se alimenta, en este caso, de la idiotez de las mujeres y hombres que formamos esta sociedad. Una sociedad dominada, lamentablemente, de idiotas y permitidme que me robe el calificativo que ya han empleado en algún rotativo en esta mañana de lunes y aduciendo a esta temporada de confinamiento, una sociedad dominada por covidiotas.
El peligro de la covidioticracia nos ha asaltado y tomado sin un remedio a corto plazo que nos haga albergar esperanzas de cura.
Seguro que necesitaremos algo más que el VIH lopinavir-ritonavir, el medicamento para la hepatitis ribavirin y el tratamiento para la esclerosis múltiple interferón beta, para quitarnos del medio esta pandemia y sus secuelas secundarias, las grandes empresas farmacéuticas que investigan el mejor remedio, deberán añadir en la composición de esos medicamentos y vacunas deseadas; unos gramos de poesía, de las de Ángel González, algunas gotas de pintura, los colores de Velázquez funcionarán y como excipiente las notas de cualquier parte de la Flauta mágica de Mozart. Creo que con todo eso servirá para atacar con fuerza el virus de la covidiotez.
Pero mientras tanto, deberemos seguir protegiéndonos de todos esos peligros, aunque en Madrid y en otras tantas ciudades de nuestro maltratado mundo, los infectados de este nuevo patógeno, se sigan juntando en fiestas, botellones, ruedas de prensa y parlamentos.
Y que yo lo siga viendo a las dos de la tarde, con mi cerveza fría y mis patatas fritas.
Ángel Descalzo Fontbona – Mayo 2020 (año del confinamiento)
Cuando le pregunté por su nombre sólo me dijo —llámame Syrah —lo soltó con ese aire de seguridad que te da saberte ganador en la contienda, y esa noche, yo no estaba para batallas de seducción. Giré mi mirada hacia la pista de baile en donde cuatro parejas competían por ser campeones regionales. —la pareja tres gana —asintió sin que nadie le preguntara en un tono de superioridad que hubiera molestado a cualquiera, pero en aquel local nadie era cualquiera y no pude resistir la tentación de girar la cabeza para observar de nuevo su cara.
Me aguantó la mirada, esbozando media sonrisa que acentuaba su enigmática belleza o por lo menos eso me parecía en la penumbra de la sala de fiestas.
—¡¡¡La pareja vencedora es la número tres!!! —gritaba al micrófono el presentador del evento, reclamando un atronador aplauso en honor de los vencedores.
—Estabas en lo ciert..o — dije regresando la mirada, cuando comprobé que ya no estaba a mi lado. Le grité al camarero que atendía detrás de la barra del bar si había visto hacia dónde se había ido…
—¿Quién? – contestó lacónicamente.
Pagué y me dirigí a la salida de la sala de fiestas, no estaba seguro de querer encontrarla, aquella mujer despertaba en mí un doble sentimiento, una atracción de ida y vuelta.
Giré la cabeza de izquierda a derecha al llegar a la calle, tuve la sensación de ver una sombra doblar la primera esquina de mi izquierda y me dirigí a buen paso en esa dirección. Al llegar al cantón me detuve para intentar ver alguna silueta femenina caminando, no se veía nadie en ese callejón estrecho y mal iluminado.
Dudé.
Tragué saliva y comencé a caminar abriendo bien los ojos por el centro del callejón sin estar seguro de lo que estaba haciendo y evitando tropezarme con algunas bolsas de basura que se repartían por la calle.
—¿Qué mierdas hago aquí? —pensé en voz alta, recriminándome que no estaba tan borracho como para hacer alardes de un coraje que no iba con mi apocada personalidad.
Vi a lo lejos una bombilla que iluminaba en rojo un trozo de pared sobre lo que parecía una puerta, deduje que, si ella se había adentrado por allí, posiblemente ése era su destino.
Dudé.
Soplé.
Giré la cabeza a mi espalda y me di cuenta de que estaba tan lejos de la esquina con la calle principal que de la luz roja y razoné que, a lo tonto, me había puesto en una situación vulnerable si me alcanzaba alguien con ganas de darme un susto.
Aceleré el paso en dirección a la luz roja cuando empezaba a escuchar los latidos de mi corazón en franca aceleración a causa del paso que tomé y de la decisión de continuar en la búsqueda de la enigmática dama.
Cuando llegué a la altura de la bombilla, efectivamente comprobé que había una puerta bajo el haz de luz roja, cerré los ojos suspirando profundamente y alcancé con la palma de mi mano derecha una de las hojas de esa puerta, se abrió, aunque mi presión sobre la superficie fue mínima y de adentro surgía el olor a tabaco rancio y alcohol barato. No se veía nada, aunque mis ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra y titubeé antes de dar un paso hacia el interior, en el momento en que una voz ruda, quebrada por el exceso de las noches me invitó a entrar —ya te habías tardado mucho, mi amor —me dijo mientras se abría completamente la puerta y todos los excesos del interior se precipitaban hacia mis sentidos.
No supe qué decir y lo solventé con un indeciso —bu..uenas no..noches —
—No temas, mi cielo, bienvenido a La Bodega, llevaba tiempo esperándote —dijo de nuevo alguien en la oscuridad, mientras me decidía a entrar en las entrañas de lo desconocido y el olor a tabaco rancio y alcohol barato se impregnaba sobre mí.
—No conseguí atraerte con las demás uvas y mira por dónde con la que pensaba que menos te irías, resultó ser la ganadora —al oír sus palabras no pude más que tragar saliva y esperar una sentencia de alguna falta que no recordaba…
— Me encanta porque no sabes por qué estás aquí e intentas poner cara de no estar afectado y cariño, se huele tu miedo a kilómetros —descubrí una cara tras esa voz aguardentosa, era un rostro que reflejaba lo que su voz declaraba, era como si todos los vicios se fusionaran en un semblante y la angustia se apoderó de todo mi ser.
—Pero pasa de una vez —me invitó a entrar de forma imperativa y yo no me resistí a hacerlo, al pasar a su lado clavé mi mirada en sus ojos negros, sólo negros de profundo negro. Tomó mi brazo con fuerza y me dirigió hacia mi izquierda por un pasillo que intuía, pero no veía, hasta que una puerta se abrió delante de nosotros descubriendo una gran sala iluminada tenuemente de color morado, llena de gente sentada en pequeñas mesas redondas que recuerdan a los cafés de París y al fondo un escenario en dónde allí estaba la causa de mi presencia en ese inquietante antro. Syrah cantaba mi última composición musical, la que aún no había mostrado a nadie…
—¿Sorprendido, maestro? —dijo mi obsceno lazarillo, mi grotesca carabina —¿creías que te podías burlar de todos tus miedos en una canción y salir indemne? —continuó inquiriendo, mientras me servía una copa de vino tinto.
Syrah continuaba entonando el estribillo de una canción que apenas había terminado esa misma mañana en la que un ex alcohólico renuncia a la última copa de vino…
—Anda, bebe, mi amor y disfruta del espectáculo, es tu fiesta, es tu escenario, es tu arte —mientras enunciaba, no me resistí a tomar un sorbo de aquella copa de vino que me sumergió en un profundo sopor acompañado con las notas de aquella canción que en la voz de Syrah sonaba con una sensualidad desmedida.
Cuando desperté en mi casa tuve la sensación de que habían pasado muchas horas desde el sorbo de la copa y no recordaba cómo había llegado a mi cama, me levanté y grité cuando comprobé que la partitura de mi última composición ya no estaba apoyada en el atril de mi piano y en su lugar habían dejado un racimo de uvas.