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HISTORIAS DE ESCENARIOS IV

uva syrah

(El racimo de uva)

Cuando le pregunté por su nombre sólo me dijo —llámame Syrah —lo soltó con ese aire de seguridad que te da saberte ganador en la contienda, y esa noche, yo no estaba para batallas de seducción. Giré mi mirada hacia la pista de baile en donde cuatro parejas competían por ser campeones regionales. —la pareja tres gana —asintió sin que nadie le preguntara en un tono de superioridad que hubiera molestado a cualquiera, pero en aquel local nadie era cualquiera y no pude resistir la tentación de girar la cabeza para observar de nuevo su cara.

Me aguantó la mirada, esbozando media sonrisa que acentuaba su enigmática belleza o por lo menos eso me parecía en la penumbra de la sala de fiestas.

—¡¡¡La pareja vencedora es la número tres!!! —gritaba al micrófono el presentador del evento, reclamando un atronador aplauso en honor de los vencedores.

—Estabas en lo ciert..o — dije regresando la mirada, cuando comprobé que ya no estaba a mi lado. Le grité al camarero que atendía detrás de la barra del bar si había visto hacia dónde se había ido…

—¿Quién? – contestó lacónicamente.

Pagué y me dirigí a la salida de la sala de fiestas, no estaba seguro de querer encontrarla, aquella mujer despertaba en mí un doble sentimiento, una atracción de ida y vuelta.

Giré la cabeza de izquierda a derecha al llegar a la calle, tuve la sensación de ver una sombra doblar la primera esquina de mi izquierda y me dirigí a buen paso en esa dirección. Al llegar al cantón me detuve para intentar ver alguna silueta femenina caminando, no se veía nadie en ese callejón estrecho y mal iluminado.

Dudé.

Tragué saliva y comencé a caminar abriendo bien los ojos por el centro del callejón sin estar seguro de lo que estaba haciendo y evitando tropezarme con algunas bolsas de basura que se repartían por la calle.

—¿Qué mierdas hago aquí? —pensé en voz alta, recriminándome que no estaba tan borracho como para hacer alardes de un coraje que no iba con mi apocada personalidad.

Vi a lo lejos una bombilla que iluminaba en rojo un trozo de pared sobre lo que parecía una puerta, deduje que, si ella se había adentrado por allí, posiblemente ése era su destino.

Dudé.

Soplé.

Giré la cabeza a mi espalda y me di cuenta de que estaba tan lejos de la esquina con la calle principal que de la luz roja y razoné que, a lo tonto, me había puesto en una situación vulnerable si me alcanzaba alguien con ganas de darme un susto.

Aceleré el paso en dirección a la luz roja cuando empezaba a escuchar los latidos de mi corazón en franca aceleración a causa del paso que tomé y de la decisión de continuar en la búsqueda de la enigmática dama.

Cuando llegué a la altura de la bombilla, efectivamente comprobé que había una puerta bajo el haz de luz roja, cerré los ojos suspirando profundamente y alcancé con la palma de mi mano derecha una de las hojas de esa puerta, se abrió, aunque mi presión sobre la superficie fue mínima y de adentro surgía el olor a tabaco rancio y alcohol barato. No se veía nada, aunque mis ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra y titubeé antes de dar un paso hacia el interior, en el momento en que una voz ruda, quebrada por el exceso de las noches me invitó a entrar —ya te habías tardado mucho, mi amor —me dijo mientras se abría completamente la puerta y todos los excesos del interior se precipitaban hacia mis sentidos.

No supe qué decir y lo solventé con un indeciso —bu..uenas no..noches —

—No temas, mi cielo, bienvenido a La Bodega, llevaba tiempo esperándote —dijo de nuevo alguien en la oscuridad, mientras me decidía a entrar en las entrañas de lo desconocido y el olor a tabaco rancio y alcohol barato se impregnaba sobre mí.

—No conseguí atraerte con las demás uvas y mira por dónde con la que pensaba que menos te irías, resultó ser la ganadora —al oír sus palabras no pude más que tragar saliva y esperar una sentencia de alguna falta que no recordaba…

— Me encanta porque no sabes por qué estás aquí e intentas poner cara de no estar afectado y cariño, se huele tu miedo a kilómetros —descubrí una cara tras esa voz aguardentosa, era un rostro que reflejaba lo que su voz declaraba, era como si todos los vicios se fusionaran en un semblante y la angustia se apoderó de todo mi ser.

—Pero pasa de una vez —me invitó a entrar de forma imperativa y yo no me resistí a hacerlo, al pasar a su lado clavé mi mirada en sus ojos negros, sólo negros de profundo negro. Tomó mi brazo con fuerza y me dirigió hacia mi izquierda por un pasillo que intuía, pero no veía, hasta que una puerta se abrió delante de nosotros descubriendo una gran sala iluminada tenuemente de color morado, llena de gente sentada en pequeñas mesas redondas que recuerdan a los cafés de París y al fondo un escenario en dónde allí estaba la causa de mi presencia en ese inquietante antro. Syrah cantaba mi última composición musical, la que aún no había mostrado a nadie…

—¿Sorprendido, maestro? —dijo mi obsceno lazarillo, mi grotesca carabina —¿creías que te podías burlar de todos tus miedos en una canción y salir indemne? —continuó inquiriendo, mientras me servía una copa de vino tinto.

Syrah continuaba entonando el estribillo de una canción que apenas había terminado esa misma mañana en la que un ex alcohólico renuncia a la última copa de vino…

—Anda, bebe, mi amor y disfruta del espectáculo, es tu fiesta, es tu escenario, es tu arte —mientras enunciaba, no me resistí a tomar un sorbo de aquella copa de vino que me sumergió en un profundo sopor acompañado con las notas de aquella canción que en la voz de Syrah sonaba con una sensualidad desmedida.

Cuando desperté en mi casa tuve la sensación de que habían pasado muchas horas desde el sorbo de la copa y no recordaba cómo había llegado a mi cama, me levanté y grité cuando comprobé que la partitura de mi última composición ya no estaba apoyada en el atril de mi piano y en su lugar habían dejado un racimo de uvas.

Syrah, supongo…

 

Ángel Descalzo Fontbona – abril 2019

 

 

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