FUNDAMENTOS

La sonrisa de Anita

Un baúl repleto de motivos me acompaña para el resto de mis años. Un baúl que desde aquella tarde de finales de agosto, no se ha separado de mi vida, ni la de mi esposa.

Verano de 2008, sentados en una esquina del salón de baile, sin saber muy bien lo que iba a aparecer frente a nuestros ojos y en especial frente a nuestros oídos. Los dos permanecíamos interesados en las explicaciones que el maestro de baile transmitía con generosa expresividad al grupo que, atentamente, escuchaba, veía y en algún caso masticaba cada instrucción.

La música comenzó a sonar desde los altavoces del salón; un timbal redoblaba y marcaba el tempo, los metales estruendosos, empezaron sus notas con fuerza.

Al cabo de un tiempo supe que Masacre era la pieza que sonaba en los altavoces de aquel salón que desbordaba ilusión y emoción a partes iguales, entre las parejas que se movían con más o menos gracejo al compás de aquel sonido extraño para mí hasta entonces.

Anita es la persona que nos animó a acudir a nuestro primer contacto con el danzón bailado. Se encargaba de darnos explicaciones sobre lo que estábamos observando con suma atención, el porqué, el cómo, el hasta dónde. Con su verbo supo transmitir algo más profundo que el mero relato de unos compases, de un ritmo, de unos movimientos cadenciosos.

A veces pienso que detrás de la hermosa sonrisa de Anita, estaba el alma del propio maestro Miguel Faílde.

Caímos los dos en las redes, la sonrisa, la melodía, los movimientos, el alma…

El teorema de Pitágoras

A los tres meses de prácticas con el grupo de principiantes, yo pensaba que no sería capaz de trazar un cuadro ni en la mesa de un arquitecto. Me sentía torpe y especialmente miedoso en aplastar los frágiles pies de mi esposa con mi tosco zapatón.

¡No mires al suelo!

Retronaba en mis oídos, mientras más de una gota de sudor resbalaba en mi frente…

¡Márcame bien, que no te siento!

A cuántos como a mí, les han apedreado con cada una de estas frases.

¡No tanguees!

Uno acaba por comprender que si no eres capaz de bajar a lo más profundo de tu humildad, será muy difícil hacer las cosas con cierto nivel.

Aprendí a olvidarme de todos los demás ritmos que supuestamente sabía bailar, al menos eso pensaba.

Decidí que sería mejor conocer cómo elevar al cuadrado una cifra, antes de calcular el área de un triángulo.

El danzón fue entrando en nuestro conocimiento desde lo más básico: un paso al frente, otro en diagonal, el siguiente… uno, …dos, tres, cuatro, … había que paladear cada matiz del movimiento, que todo se asentara bien, que el cimiento fuera sólido y después construir.

Aprender a multiplicar, para entender el teorema de Pitágoras.

Aprender a pisar y después… todo llega y llega para hacernos sonreir de satisfacción.

El Cargenie Hall

Enfrentarnos a la rutina de Salvaje, fue todo un reto, doce parejas de principiantes, que aprendieron a leer sílaba por sílaba, vocalizando cada fonema de texto a interpretar como rapsodas. Así fue nuestra interpretación del danzón de Abelardito Valdés. Esa noche en la presentación estelar en la cena baile, se mostraba al mundo todo el esfuerzo, todas las horas de repetición, todos los pisotones furtivos, todos los ¡no mires al suelo!

El éxito fue las caras de satisfacción de todos los integrantes de aquel pipiolo grupo de danzantes, gritábamos aliviados por no haber cometido ni un solo error en la ejecución de aquellas complicadas, para nuestro conocimiento, figuras que debíamos desarrollar en un escenario frente a cientos de miradas.

Estoy seguro de que aquella noche lo hubiéramos interpetado de la misma hermosa manera en el escenario del Carnegie Hall.

Eso se lo debemos a los fundamentos que durante meses fuimos atesorando en cada uno de nosotros y a la paciencia infinita de nuestros maestros…

Honor a quien honor merece

Sin duda, nosotros tuvimos la suerte de tener unos maestros que entregaron su conocimiento generoso en hacernos cada día mejores danzoneros, en contar con su sabiduría a pie de baldosa, con su paciencia inagotable en cada torpeza…

Ellos se mantuvieron firmes en transmitirnos los fundamentos del danzón antes de sacarnos al ruedo, de las miradas inquisidoras y algunas sonrisas maliciosas. Nos hicieron ver, con su cariño, la importancia de la aritmética antes de la trigonometría, de la ortografía, antes del discurso, del cuadro fijo al frente, antes del floreo.

Han pasado los años, ya unos cuantos, pero nuestro cariño y nuestro agradecimiento a quienes nos enseñaron, no ha variado.

Sin ellos, sin muchos como ellos, nada sería igual.

¡Gracias!

Ángel Descalzo Fontbona

Octubre 2024