De dogmas y creencias…

Un once, un ocho, una pausa; cuánto unen y cuánto separan…

Hace unos años, cuando apenas era un principiante intentando combinar pasos atinados para dibujar un sencillo cuadro, escuché la voz de un erudito en la materia afirmando varias sentencias en torno a lo que se debe y lo que no se debe hacer, cuando una pareja se desliza por la pista de baile… dada mi candidez en la materia, digamos que bastante lógica derivada de la poca experiencia, provocó que tomara esos incuestionables axiomas y los escribiera con letra mayúscula y en pan de oro, en el encabezamiento de mis dogmas de fe danzoneros.

Durante un buen periodo de mi tránsito en este mundo de cuadros, paseos y columpios, defendí con mentalidad de talibán lo que aquel erudito dictaminó.

No se entra hasta el séptimo compás del estribillo”

El paso del tiempo, la experiencia, la oportunidad de conocer a muchos y distintos bailadores en su forma de interpretar el baile ha hecho que mi visión, intransigente en su origen, se fuera dulcificando paulatinamente.

“No se hacen paseos en la segunda melodía”

Hoy en día, soy, por concepto y por decisión, una persona y eso incluye mi visión en este género musical bailable, ecléctica convencida.

“En el montuno no se hacen pasos que evocan otros bailes; nada de tanguear, o salsear…”

Hace poco, escuché a ese erudito criticar las aportaciones que mucha gente joven que está creciendo en el danzón proporcionan a la forma de interpretarlo. Dudé en responderle e iniciar un debate que, posiblemente, no nos hubiese conducido a ningún buen puerto. Sin embargo, no pude evitar la necesidad de escribir en un cuaderno estas preguntas:

  • ¿Me gusten o no, debo ser permisivo con las nuevas y diferentes maneras de ejecutar el danzón?
  • ¿Ser ortodoxo convierte el género en hermético y eso deriva en el deterioro?
  • ¿Ser permisivo lleva a la pérdida de la esencia?

No hace falta que dé mi respuesta, pero seguramente tú, querido lector, tienes las tuyas.

Ángel Descalzo Fontbona, Septiembre 2021

El siguiente pasaje

Soy hijo del temor en blanco y negro, del no hables alto que nos pueden oír a través de unas paredes que encierran los secretos, que ni tu mano derecha conoce.

Soy hermano de la caja de cartón, llena de los recuerdos a los que no les di el tiempo de permanecer en la memoria, el tiempo de borrarse de una fotografía doblada, el tiempo de una carta sin destino, ni sello, ni buzón en dónde descansar.

Soy padre del mapa de tu mejilla sonrojada al escuchar el nombre que no quisiste conservar en tu tarjeta de visita, que dejaste olvidado en la estantería de una biblioteca de provincias.

Soy esposo del dolor de una caja de zapatos vacía, de la decepción del pastel quemado en un horno que ya apuró el tronco de leña prestado.

Soy amigo de una lejana sepultura, del túmulo que escondía el final del sendero que nunca quisiste caminar conmigo, el último trago que se dormía al final del vaso, el mendrugo de pan húmedo por las lágrimas inevitables.

Pesan las piernas a cada paso que asciende una cuesta dictada en un fallo sin recurso, en una sentencia redactada por el tribunal de tus labios encarnados.

Y al sentarme en la roca que acaricia el viento que sopla desde tu pecho, miro el último refugio y respiro al saber que tu mano guiará el siguiente pasaje.

Ángel Descalzo Fontbona – marzo 2021